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¿QUÉ ES EL HOMBRE?
Les mando
esto que rescaté del arcón de los recuerdos.
Es un apunte que me pasó Gustavo Travaglia cuando
yo era ayudante de cátedra en el Imdafta.
Es un material que pese a tener 45 años de
realizado, no deja de tener algunas referencias interesantes.
Evidentemente, podemos relacionarlo a Minor White
con sus "equivalentes".
¿QUÉ ES EL HOMBRE? TÍTULO DE EL LENGUAJE DE LA
FOTOGRAFÍA MÉTODO DE ESTA EXPOSICIÓN Presentación del organizador, Karl Pawek Hace 125 años fue inventada la fotografía para
auto‑representar El objeto con mayor cantidad de dimensiones es el
hombre. Es de él, por lo tanto, de quien podemos esperar la más sorprendente
revelación de la realidad. ¿Puede la realidad auto‑revelarse? Muchos me han
aconsejado anotar debajo de las fotos lo que éstas atestiguan. Pero yo quería
que la Exposición recorriera muchos países, llegando a hombres que hablan
diferentes idiomas. Sin embargo las fotos habrían de hablar un solo lenguaje que
todos comprendieran. De esta manera la fotografía debería dar prueba de sus
capacidades lingüísticas. Yo se que constituye todo un reto eliminar palabras y
conceptos y dejar hablar sólo las imágenes, cuando se trata del complicado tema:
¿Qué es el hombre? ¡La fotografía ni siquiera dispone de los recursos
idiomáticos del arte! El arte, al formular su mensaje, no depende exclusivamente
de los diferentes objetos de nuestro mundo real casualmente presentes, sino
dispone además de la universalidad del espíritu, de su fuerza creadora y de su
libertad. La fotografía en cambio no puedo captar “lo general”. Sus vocablos son
siempre sólo los objetos aislados. Ya Spinoza dijo que éstos no permiten llegar
a un conocimiento concluyente. Se les puede registrar masivamente, sin embargo,
si no se dispone de sus conceptos peculiares, no se llegará a conocer nada de
ellos, y eIIos no nos revelarán nada esencial. Desde el punto de vista de la práctica fotográfica uno
se siente tentado a dar la razón a Spinoza. No es fácil arrancar un mensaje de
un objeto aislado. Esto lo confirman millones de fotos representando objetos
aislados, que se toman en todo el mundo. Técnicamente impecables, quizás incluso
con valores gráficos formales y, sin embargo, no transmiten nada esencial. Por
el hecho de ir fotografiando trecho por trecho, prácticamente centímetro por
centímetro el mundo, no se tiene que llegar necesariamente a la obtención de un
solo mensaje esencial. De este modo puede resultar también nada más que una
montaña de fotos que, desde el punto de vista de un mensaje esencial, no nos
dicen nada. No obstante, el racionalista Spinoza carece de razón y
millones de fotos inconsistentes no impiden la existencia de otras que
efectivamente tienen algo que decir y cuya presencia enciende en nosotros la
chispa de un conocimiento. Y este proceso de conocimiento no se desencadena
porque un fotógrafo haya arreglado o manipulado algo, sino porque el lente de la
cámara enfocó un objeto o un acontecimiento determinado. Entre el sinnúmero de
cosas aisladas en el mundo surgen siempre de nuevo también aquellas que son
especiales; y entre todas las situaciones y acontecimientos a que somos
confrontados existe también lo manifiesto que nos familiariza con la esencia,
las circunstancias, los trasfondos y la peculiaridad de nuestro mundo o de
nuestra vida. Lo «especial» es lo individual acentuado, que gracias a sus
acentos logra penetrar nuestro pensamiento. Lo especial y lo manifiesto, por lo
tanto, desempeñan en el lenguaje de la fotografía el papel que en el lenguaje
del intelecto desempeña el concepto. En primer término, al seleccionar el
material de esta Exposición, mi criterio no ha sido escoger fotos hermosas, bien
compuestas o dotadas de méritos gráficos relevantes, sino aquellas que tuvieran
especial relieve. Lo que ellas fijan es un trozo de realidad virgen, no
tocado por el hacha de nuestro pensamiento conceptual. Ahora bien, si hubiese
escrito palabras o conceptos como explicación o definición debajo de las fotos,
esto habría sido una empresa no sólo pretenciosa sino también necia.
Evidentemente al pie de la foto se habría puesto menos de lo que ésta expresa de
por sí. Mis palabras solo habrían servido para limitar el mensaje de
No obstante, creo que el lenguaje de la fotografía no
sólo contiene palabras sino también frases. La necesidad de formular frases
fotográficas nos la prueban numerosos libros de fotos (y desde luego también
exposiciones) que terminan por aburrirnos, dado que van enhebrando buenas fotos
como al azar y sin relación alguna entre ellas. Se comportan cual oradores que
osan enfrentarse al público para hablar durante horas sin ilación, usando
palabras tan hermosas como: “estrella, comida, bomberos, amor, bigotes . . .”
¿Cuánto tiempo estaría la gente dispuesta a escuchar algo semejante? ¿Y hasta
dónde podemos permitirnos oscurecer el mensaje individual de fotos de calidad en
un conglomerado absurdo? Por cierto que la gramática de las frases fotográficas
es distinta a la del lenguaje conceptual. De manera que no sólo importa el que
dos fotos combinen temática u objetivamente, sino también tienen que armonizar
visualmente. A veces las fotos incluso se repelen, a pesar de que objetivamente
combinan. Se desvalorizan unas a otras, se roban el protagonismo y oscurecen su
mensaje. En otras fotos empero surge una nueva iluminación tan pronto se las
coloca juntas, pues se acentúan y unen en un nuevo efecto visual, activando por
su confrontación nuestra mente. Una foto puedo ganar mucho gracias a
otra. En todo esto no sólo se trata de aspectos estéticos,
sino también de aquella luz y aquella fuerza del mensaje con que la visión de
las cosas concretas conmueve nuestro intelecto. Esta Exposición constituye un
esfuerzo por aprovechar las posibilidades de la sintaxis del lenguaje de
¿Dónde queda entonces la «auto‑representación de la
realidad», o la objetividad de la fotografía, si realizamos semejantes trucos
sintácticos con las fotos y tratamos de provocar, mediante su confrontación,
nuevas imágenes y secuencias de pensamiento? Esta pregunta sólo puede ser respondida si uno llega a
darse cuenta en un sentido mucho más amplio del papel que desempeñan en la
fotografía el «pensamiento» y la «realidad». ¿Es acaso objetiva la fotografía?
¿Nos garantiza la realidad? ¿Lo que nos muestra la fotografía es la realidad y
nada más que la realidad? Y si la fotografía posee esa capacidad sensacional de
poner la realidad sobre la mesa ¿qué es entonces el fotógrafo? ¿El operador
técnico y nada más que el operador técnico de la imagen? Estas preguntas ya han
suscitado más de alguna disputa. Sin embargo, sólo pudieron ser formuladas e
inquietar los ánimos porque con la fotografía les fue dado a los hombres un
método novedoso de analizar gráficamente De la fotografía exigimos que no sólo nos entregue la
representación ideológica de algo, sino que (contrariamente al arte) nos
confirme también la existencia de sus objetos. Por lo tanto, en la medida en que
los hombres están convencidos de que cumple con esa finalidad, ella ejerce una
compulsión casi física hacia la evidencia (compulsión que los críticos
culturales tratan una y otra vez de aminorar). Su proceso incluye algo sustraído
a todo idealismo y que se efectúa más allá del espíritu. Me refiero a aquel
fenómeno mecánico mínimo pero imprescindible de la penetración de la luz, que
define la imagen y decide si se ha hecho una impresión fotográfica o no. El que
gracias a la fotografía exista un puente entre el mundo físico y su
representación gráfica (puente que no es apuntalado exclusivamente por la
fantasía artística y la libertad del hombre) constituye lo verdaderamente
sensacional de su invención. En este sentido tal invención no permite fotografía
alguna en que el hombre, en el instante mismo de la impresión gráfica, no deje
la acción a cargo del principio físico de Hoy empero formulamos simultáneamente exigencias
espirituales a la fotografía. Querernos ver en ella algo más que la mera ampliación
de los objetos. Es así como la cámara se ve obligada a fotografiar también «lo
espiritual». Ciertamente la industria fotográfica no habría podido proporcionar
un dispositivo para captar lo «espiritual». Por lo tanto, tenía que entrar en
juego otro factor. Mientras uno se limitaba a enfocar lo corpóreo del objeto,
bastaba para el proceso fotográfico la confrontación espacial de objeto y
objetivo. En este caso un objeto externo (la cosa a fotografiar) y otro objeto
(la cámara) son puestos por el fotógrafo en una relación técnica y acaso
estéticamente controlable y regulable, que en el fondo, empero, no es sino
mecánica o externa. En la fotografía espiritual se encuentran la esencia
interior del fotógrafo con la esencia interior del objeto, espíritu subjetivo
con espíritu objetivo, y es recién ese proceso el que registra la cámara moderna
(en otra ocasión he expuesto con qué método). Ver es el truco más importante de la fotografía
moderna. Al que actualmente quiera lograr algo en el campo de la fotografía
antes que nada tienen que abrírsele los ojos. De lo demás ya se encargará
La misma suposición básica previa es formulada por la
fotografía en relación al espectador. Es uno de los más burdos malentendidos
considerar que la fotografía es una moderna biblia pauperum[1], una especie de
embudo de Nuremberg[2] que suministra por
los ojos a los pobres de espíritu lo que no pueden captar mediante su estructura
mental La fotografía no puede obligar a nadie a ver aquello que trasciende lo
tridimensional del objeto. Más allá de ese límite el hombre ve solo lo que
conoce. La óptica ampliada de lo espiritual, por consiguiente, solo surte efecto
en la medida en que el espectador cuenta con determinadas experiencias. En una
foto puede representarse vida vivida, décadas o siglos, puede hacerse visible
algo de la estructura de nuestra existencia, podemos enfrentarnos con nuestro
propio destino humano, palpar formas de vida, descubrir posibilidades
existenciales . . .; las fotos pueden mostrarnos el inmenso contenido que tiene
la vida, pero todo esto solo a condición de que nosotros mismos ya hayamos
experimentado aquella relación vital de la que surgen estas imágenes. El éxito
de la foto consiste entonces en el hecho de que ésta, de súbito, nos haga
consciente ese cúmulo de experiencias que quizás en nosotros haya estado
sepultado, enfrentándonos a un conocimiento interior propio. Yo puedo ver la
interioridad de un rostro fotografiado solo si por mi propia experiencia íntima
tengo una idea de Habrá que admitir, en consecuencia, que en la
fotografía moderna se mezclan elementos objetivos y subjetivos de manera tal,
que los objetivos no excluyen los subjetivos ni éstos ponen en duda a aquellos.
Para nuestra mentalidad contemporánea, que se orienta o hacia una teoría
unilateral de lo inmanente o hacia un empirismo unilateral, esto no es fácil de
captar. La división radical de la realidad en res extensa y res
cogitans[3] , en el mundo
exterior y en el pensamiento, no tiene vigencia en el terreno de la fotografía
moderna. Este es uno de los puntos en los que la fotografía se identifica como
instrumento de una nueva época. De ahí que la fotografía constituya un asunto
tan apasionante, porque sus propias condiciones son idénticas a las de una nueva
época histórico-espiritual. Esta viene a ser al mismo tiempo la razón por la
cual siempre de nuevo desafía el pensamiento intelectual
convencional. Vista bajo estas condiciones, la disputa sobre la
objetividad de la fotografía o la libertad creadora del fotógrafo carece de
sentido. Ahí donde la fotografía recorre sus propios caminos, vale decir donde
emplea consecuentemente el principio de su invención aplicado al desarrollo de
una nueva mentalidad, el tan discutido antagonismo ya ha perdido su vigencia. La
misma identidad de pensamiento y realidad debe por supuesto ser aplicada también
al método seguido para esta Exposición. En lo que a esto se refiere, ciertamente se hace
necesario contemplar desde un nuevo ángulo la relación de causa y efecto entre
inteligencia y realidad. También en este punto tendremos que sobreponernos a la
actitud mental que hemos observado hasta ahora. Es sabido desde hace mucho que
el fotógrafo no siempre provee, ni mucho menos aun predispone lo que más tarde
contienen sus fotos. A veces la realidad le ofrece la imagen en el momento del
enfoque, a veces empero recién se la ofrece la química en el laboratorio, donde
él mismo quizás ni siquiera ya esté presente. Ahora bien, hasta la fecha hemos creído que algo
inteligente sólo puede resultar de una causa inteligente y que aquello que surge
sin un principio racional o previsor no puede tener calidad espiritual. Sin
embargo, tendremos que revisar un poco nuestro concepto de causas también en
relación a la presencia de lo espiritual en el mundo. Llegamos a la conclusión
de que una cooperación entre inteligencia y casualidad con miras a la producción
de algo espiritual es perfectamente posible en nuestra realidad efectiva. A
diario la fotografía nos comprueba esa coproducción. De lo cual se desprende,
asimismo, la necesidad de formarnos un nuevo juicio sobre la «actividad
creadora» del fotógrafo. Fotógrafos de treinta países nos han enviado sus
colaboraciones para esta «coproducción con la realidad». Las imágenes que
integran los diversos grupos de nuestro ensayo visual son producto de la
imaginación de fotógrafos rusos, chinos, norteamericanos, italianos, húngaros,
franceses, alemanes, etc. Esta Exposición no muestra un mundo dividido y creo
que tal impresión no se debe a engaño o ilusión política alguna. Desnudos –vale
decir reducidos a nuestro destino humano y sus condiciones elementales– somos
todos, no solo iguales, sino también idénticos en nuestra conciencia (¿es acaso
posible deducir incluso de los hechos unitarios de la visión un común desarrollo
subconsciente de la mentalidad de toda la humanidad?). Pero quizás todavía sea
más fácil ver que comprender, que un aspecto humano en Moscú no es diferente al
de uno en Chicago y que el concepto de lo exótico desde hace mucho ha perdido
vigencia, porque bajo determinados aspectos somos todos igualmente
exóticos. Es esta idea grandiosa de Edward Steichen en su
memorable exposición «The Family of Man» ( [1] Biblia pauperum (Biblia de los pobres). Versión de la biblia realizada sobre una base más pictórica que textual. Eran versiones forzosamente limitadas, por lo que el contenido era simple y tosco, destinado a lectores poco instruidos. [2] Los bávaros hablaban del “embudo de Nüremberg”, con el que se inyectaba a personas de escaso espíritu cantidades más o menos enormes de saber, una suerte de clister mental. Pero no por esto se volvían más sabios. Wilhelm Bush partiendo del famoso "embudo de Nuremberg" (Nuremberg Trichter), popularizó en la tradición literaria alemana la metáfora del "alumno‑embudó”, como aprendiz en el cual el profesor va introduciendo conocimientos. [3] Descartes, en Meditaciones Metafísicas, en
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